Diversidad y audiovisual: el desafío digital – Mª Trinidad García Leiva

A lo largo del año 2017 aparecieron toda clase de informes y noticias relacionadas con el problema de la diversidad en el sector audiovisual, subrayando, una vez más, tanto la importancia de esta relación como la vigencia del debate existente sobre la misma en el nuevo escenario que plantean las redes y dispositivos digitales.

Tres ejemplos ilustran esta afirmación.

  1. La Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC, por sus siglas en inglés) relajó la normativa sobre propiedad mediática eliminando la regla que prohibía la propiedad cruzada entre empresas de prensa, radio y televisión, y el conocido como “test de las ocho voces” (para poseer dos emisoras en una zona de cobertura debían existir al menos ocho voces independientes en la misma).
  2. El órgano regulador de las comunicaciones en el Reino Unido, Ofcom, constató en el informe Diversity and equal opportunities in television, que entre los trabajadores de la industria televisiva británica las mujeres, las minorías étnicas o los discapacitados se encuentran sub-representados, tanto delante como detrás de las cámaras. Las conclusión es contundente: los operadores deben esforzarse más para no ahondar en la desconexión cultural que existe entre aquellos que producen los contenidos y aquellos que los miran.
  3. Datos del segundo trimestre del Panel de Hogares de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), constatan que los españoles dedican una media de 3 horas diarias entre semana a consumir contenidos audiovisuales a través de las pantallas de televisores, y que ya son 4 de cada 10 los que consumen audiovisual online al menos una vez a la semana. Si entre los contenidos preferidos por estos usuarios se encuentran los vídeos cortos, seguidos de las series y películas, más de la mitad utiliza plataformas online para ver programas de televisión a la carta.

Pero… ¿qué es lo que estos ejemplos nos dicen sobre la diversidad de (y en) la industria audiovisual? Al menos tres cosas interrelacionadas: que esta relación no es evidente, sino tremendamente compleja; que no se da natural ni necesariamente; y que se desarrolla crecientemente en un escenario digital que presenta tantos riesgos como oportunidades.

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La diversidad de (y en) la industria audiovisual depende de múltiples factores. Los ejemplos señalados refieren, respectivamente, a la diversidad de fuentes (propietarios, productores y distribuidores de contenidos, así como la fuerza laboral contratada), a la diversidad de contenidos ofrecidos (formatos o tipos de programas, colectivos representados, puntos de vista presentes…) y a la diversidad de contenidos consumidos (distribución de públicos en el conjunto de la oferta y consumos individuales).

Así pues, y en contraposición a los estudios que reducen la diversidad del audiovisual al análisis de algunas características de los contenidos ofrecidos (lengua empleada, origen, formato…) o a la propiedad de los medios que los ponen en circulación, los investigadores del equipo Diversidad Audiovisual, de la Universidad Carlos III de Madrid, proponemos una visión integral del funcionamiento de la industria audiovisual que considere, como mínimo, que:

  • La capacidad de producción, distribución y exhibición/emisión de contenidos audiovisuales no esté concentrada en un número reducido de agentes, y que éstos se caractericen por tener diferentes tipos de titularidad, tamaño y origen geográfico.
  • Los contenidos audiovisuales exhiban diferencias en términos de valores, identidades y estéticas, reflejando tanto la multiplicidad de grupos que conviven en una determinada sociedad como haciéndose eco de las expresiones de culturas foráneas.
  • Las personas puedan acceder y elegir entre un elevado número de contenidos audiovisuales, e, incluso, puedan crearlos y difundirlos.

De lo anterior se deduce que la diversidad en el funcionamiento de la industria audiovisual no es algo dado naturalmente. Por esta razón, si acordamos que la salvaguarda de la diversidad en el audiovisual es materia de interés general, entonces los poderes públicos tendrán no sólo la opción sino la obligación de velar por esta relación. Las políticas públicas defensoras del principio de diversidad acaban adquiriendo así la forma de restricciones a la concentración empresarial, cuotas de pantalla, ayudas a la creación o créditos blandos para la producción, por citar sólo los ejemplos más frecuentes.

La cuestión hoy es cómo defender y promover la diversidad en el ámbito audiovisual ante los desafíos y oportunidades que presenta la era digital. Como analizamos en las obras colectivas Diversidad e industria audiovisual: el desafío cultural del siglo XXI (México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2017) y El audiovisual en la era digital. Políticas y estrategias para la diversidad (Madrid: Cátedra, 2017), el nuevo escenario digital ofrece posibilidades de enriquecimiento de la diversidad audiovisual, reforzando la difusión de contenidos de todo tipo y ampliando su acceso a un vasto público, pero también implica riesgos, como, por ejemplo, las prácticas de ingeniería fiscal y legal que despliegan intermediarios globales como Netflix, en el terreno de los largometrajes y series, o Spotify, en el de la música grabada.

La reciente adaptación de la Convención sobre diversidad cultural (UNESCO, 2005) al contexto digital ofrece alternativas para fundamentar y guiar la implementación de las nuevas políticas públicas en materia audiovisual a escala nacional e internacional. Entre las mismas sobresalen el reconocimiento de que los bienes y servicios culturales son de índole a la vez económica y cultural, independientemente de los medios y las tecnologías utilizadas; la salvaguarda del principio de neutralidad de internet; y la aplicación de disposiciones de trato preferente a las producciones de empresas y organizaciones independientes de los denominados países en desarrollo.

Mª Trinidad García Leiva

mtgleiva@hum.uc3m.es

Getafe, 10 de enero, 2018.